Pensar la salud hoy implica revisar no solo qué se hace, sino también cómo y desde dónde se cuida. En el Hospital de Alta Complejidad del Bicentenario Esteban Echeverría (HBEE), ese ejercicio se consolidó como una convicción sostenida en el tiempo, y la Sala de Hospital de Día emerge como respuesta concreta a una pregunta que atraviesa a los sistemas sanitarios de la actualidad: cómo ofrecer un tratamiento óptimo sin que ello implique interrumpir la rutina y el entramado cotidiano de las personas.
A diferencia de la internación tradicional que suele asociarse al imaginario hospitalario, esta modalidad se organiza a partir de una atención ambulatoria intensiva, en la que la persona concurre durante un período acotado -generalmente diurno- para recibir intervenciones médicas y terapéuticas, sin la exigencia de permanecer alojada en la institución. Esta forma de organizar el cuidado reduce el impacto sobre la vida diaria, preserva los vínculos familiares y sociales y permite atravesar los procesos asistenciales en un entorno más confortable, sin resignar perfección clínica ni estándares de calidad.
El Hospital de Día expresa un modelo asistencial con un norte bien definido: situar a la persona en el corazón del proceso. Al abordaje de una patología o al control de un síntoma se incorpora una mirada integral que contempla trayectorias de vida, contextos y recursos disponibles para proyectar la vida después del tratamiento. Este enfoque, lejos de opacar la rigurosidad profesional, la fortalece y la vuelve más precisa. En este marco, acompañar deja de ser un complemento para convertirse en un principio irrenunciable del cuidado.
La atención se inscribe dentro de los cuidados progresivos, donde la dimensión clínica y el sostén emocional se articulan de manera permanente. El tratamiento médico se despliega en diálogo continuo con abordajes psicológicos y sociales, con la premisa de que los procesos de recuperación exceden lo estrictamente biológico y se entrelazan con lo subjetivo y lo vincular. Psicólogos, psiquiatras, trabajadores sociales, terapistas ocupacionales, personal de enfermería y médicos especialistas conforman equipos interdisciplinarios que trabajan de manera coordinada y aportan lecturas complementarias sobre una misma situación asistencial. Esta lógica colaborativa permite diseñar estrategias terapéuticas personalizadas, flexibles y ajustadas a las necesidades reales de cada persona.
En este contexto, quien transita por el Hospital de Día deja de ocupar un rol de espectador para convertirse en protagonista de su propio recorrido. La escucha activa, la información clara y la participación en la toma de decisiones refuerzan la confianza y promueven la autonomía. El dispositivo no busca desplazar la vida cotidiana a un segundo plano, sino integrarse a ella a través del acompañamiento, el sostenimiento de tratamientos de mayor duración y la habilitación de espacios donde el cuidado no resulte invasivo ni despersonalizado. Se trata de una modalidad que reconoce que cada persona es un mundo y que los procesos de salud no son lineales ni uniformes.
El entorno significativo juega un papel clave en este entramado. Familiares, parejas y amistades forman parte activa del proceso, ya que gran parte de la contención y de la continuidad del cuidado se construye fuera de la institución. En sintonía con esta mirada, los dispositivos grupales de salud mental adquieren especial relevancia. Estos espacios generan un ámbito que propicia la circulación de la palabra, el intercambio de experiencias y la elaboración compartida de estrategias frente a la enfermedad. El grupo opera como sostén, como instancia psicoeducativa y como red, favorece el bienestar psicosocial y contribuye a aliviar la sobrecarga emocional que puede acarrear un tratamiento prolongado.
A su vez, promover la autonomía constituye una decisión transversal. A través de la educación en salud, el acceso a información comprensible sobre diagnósticos y la planificación conjunta de los cuidados, se fortalecen las capacidades de cada persona para formar parte activa de su propio proceso. Las Jornadas Anuales del Hospital de Día profundizan esta línea de trabajo y ofrecen instancias de formación en autocuidado, adherencia a la medicación, hábitos saludables, actividad física y manejo del estrés. En ese recorrido, el cuidado deja de ser algo que simplemente se recibe y pasa a ser una construcción elaborada en tándem, capaz de generar incluso momentos de dicha asociados a la recuperación de la confianza y la autonomía.
Desde una perspectiva institucional, los horizontes se orientan a consolidar este modelo de atención centrado en la persona, con avances hacia una arquitectura sostenida de humanización. El desafío consiste en que estas prácticas no dependan únicamente del compromiso individual, sino que se integren a una política clara, medible y transversal. Estandarizar un modelo integral, fortalecer la comunicación clínica, profundizar el trabajo interdisciplinario y consolidar una cultura organizacional donde el cuidado humanizado sea parte de lo cotidiano -y no un privilegio- forman parte de ese camino.
En el HBEE, la calidad se construye a partir de la confluencia entre la complejidad técnica y la capacidad de ofrecer un acompañamiento personalizado sin desconectar a la persona de su día a día. Cuidar, en este modelo, implica sostener procesos, comprender historias y garantizar atención sanitaria sin perder de vista aquello que la hace verdaderamente posible: la vida en su conjunto.