Un hombre arribó al Hospital de Alta Complejidad del Bicentenario Esteban Echeverría (HBEE) con un síntoma que no siempre recibe la respuesta que merece: la piel y los ojos teñidos de amarillo, pero sin manifestaciones de dolor. Sin embargo, detrás de esa señal silenciosa se escondía y desarrollaba un tumor de vía biliar proximal -una de las patologías oncológicas de mayor dificultad técnica y peor pronóstico cuando no se detecta a tiempo-. La institución recibió el caso y desplegó una hepatectomía derecha, uno de los procedimientos de mayor dificultad en cirugía abdominal.
La ictericia -ese tono amarillento que aparece primero en los ojos y luego en la piel- es, en muchos casos, la única evidencia de algo que está gestándose de manera silenciosa en el sistema biliar. En el tumor de vía biliar proximal, esa coloración se produce porque el tumor obstruye el conducto que drena la bilis desde el hígado hacia el intestino. El cuadro no genera dolor en sus etapas iniciales, lo que retrasa la consulta y, con ella, el diagnóstico necesario.
Cuando la enfermedad avanza sin que se la aborde con un tratamiento, las consecuencias son progresivas: deterioro de la función hepática, compromiso sistémico y pérdida de la ventana terapéutica que permite operar. La cirugía -en este caso, una hepatectomía derecha- es la única alternativa que ofrece posibilidades de curación o de prolongar de manera significativa la sobrevida.
La hepatectomía derecha consiste en extirpar el lóbulo derecho del hígado -la parte más grande del órgano, responsable de buena parte de su función-. No es una operación menor: el hígado es un órgano muy irrigado, sin una cubierta que facilite el corte, y cualquier sangrado no controlado puede comprometer todo el procedimiento. Por eso la hemostasia -el conjunto de maniobras para detener y controlar el sangrado- es uno de los ejes centrales de este tipo de cirugía.
Para este procedimiento, el equipo utilizó tecnología específica: el argón plasma, que permite coagular tejidos con alta precisión sin dañar estructuras adyacentes, y el LigaSure, un sistema de sellado vascular que reduce el tiempo quirúrgico y el riesgo de sangrado. Ambos recursos son propios de entornos de alta complejidad y marcan una diferencia concreta en el desarrollo del procedimiento.
El trabajo estuvo signado por la interdisciplinaridad en la atención. El Servicio de Diagnóstico por Imágenes tuvo a cargo la caracterización del tumor: establecer su localización exacta, su relación con las estructuras vasculares y biliares adyacentes, y la extensión de la enfermedad. Sin ese mapeo, la planificación del ingreso y trabajo sobre el cuerpo no es posible. El equipo prequirúrgico evaluó la condición general del paciente y su capacidad para tolerar una resección hepática mayor: el volumen del hígado remanente, la función del órgano, el estado nutricional y los factores de riesgo asociados. Luego de aprobar esa evaluación, se habilitó la intervención. Oncología participó en la discusión del caso y en la definición del tratamiento global, integrando la cirugía dentro de una estrategia que contempla el seguimiento a largo plazo. En este tipo de patologías, la decisión no la toma un solo servicio: la toma el equipo.
Es clave también remarcar la importancia de las redes que se generan entre distintas instituciones de salud para que -entre todas- logren dar respuesta a patologías de alta complejidad. El paciente no llegó al HBEE por sus propios medios ni de casualidad, sino que fue derivado desde un centro de atención de menor complejidad que, al identificar la gravedad del cuadro y la necesidad de una respuesta que excedía sus capacidades, activó los canales para transferirlo al nivel adecuado.
La hepatectomía derecha por tumor de vía biliar proximal no es un procedimiento de rutina en ningún centro. Que el HBEE pueda llevarla a cabo -y que la región cuente con un lugar que tiene la capacidad de concretarla- no es un dato menor. Es parte de lo que define el rol del Hospital en el sistema de salud del que forma parte.